Frente a nosotros, Javier Torrado Griñón, extremeño de cuna y muy identificado como un andaluz más, asentado hace más de 20 años en Sevilla, se presenta con la serenidad de quien ha hecho de la comprensión del ser humano su territorio vital. A sus 60 años, su trayectoria académica y profesional dibuja un perfil polifacético y profundamente estructurado: sociólogo por primera opción, trabajador social por vocación, licenciado y doctor en Antropología, técnico de Trastornos del Lenguaje, terapeuta familiar y gestáltico, con un Máster en Bioética, además de conferencista y profesor de yoga. Sin embargo, en el año 2024, una lesión medular iatrogénica (L3-sacro) tras una cirugía privada de hernia discal rompió de golpe esa estructura que sostenía su vida. Hoy, en nuestra sede de la calle de Manuel Villalobos, conversamos con él sobre cómo el servicio de psicología, guiado por nuestro terapeuta Juan Francisco Moya, se ha convertido en el motivo fundamental para transitar el duelo, desmontar miedos y reconquistar su dignidad y autonomía.
Nos adentramos, de aquí en adelante, en un diálogo inspirador con Javier Torrado, donde destaca la importancia de pedir ayuda profesional, cuando de asuntos psicológicos se trata, y así poder contar con mayores herramientas para afrontar las situaciones de la vida diaria.
COCEMFE Sevilla (C.S.): Si miramos hacia atrás, justo antes de empezar las sesiones con el servicio de psicología de COCEMFE Sevilla ¿cómo te encontrabas a nivel emocional? ¿Cuáles son los frenos que tenías?
Javier Torrado (J.T.): Para mí, mi profesión era algo muy estructurante y, de repente, perdí esa estructura. Cuando salí de la rehabilitación del hospital a la calle, me enfrenté a una situación que yo llamo de «duelo total». Las agarraderas que yo tenía en mi vida cotidiana —el trabajo, mi vida social, mi vida sexual, la capacidad de resolución de conflictos y de gestionar las cosas— ya no estaban. Nada de lo que hacía hasta ese momento me servía, y empecé a sentirme perdido y muy aislado. Al principio, pedí ayuda a la salud mental pública porque entendía que un problema como el mío tenía que ser abordado, pero literalmente me dijeron que yo no tenía espacio allí; están dedicados a los trastornos mentales graves, pero para procesos o trastornos adaptativos como el mío, no iban a hacer nada. Tuve la suerte de que un residente de psicología hizo algún trabajo conmigo al principio y estuvo bien, pero el apoyo psicológico en el hospital militar de larga estancia era muy escaso, casi inexistente. Además, la alternativa de una terapia privada continuada, de unas cuatro sesiones al mes a setenta euros cada una, era algo totalmente inviable para mi economía.
C.S.: Cuando empezaste la terapia, ¿cuál dirías que fue el primer gran cambio que notaste en tu estado de ánimo?
J.T.: El proceso de mi ánimo ha sido como el filo de un serrucho. El impacto del diagnóstico y el shock de no saber qué me pasaba fue tremendo; yo ya sabía que tenía una lesión medular porque he trabajado siempre en hospitales e instituciones sanitarias. Ahí me quedé totalmente en blanco. De hecho, mi entorno, mis amigos y mi pareja tuvieron que tomar las decisiones por mí porque yo me sentía incapaz. Estaba totalmente ido en la unidad de agudos, obsesionado únicamente con solicitar por internet las prestaciones económicas, la baja laboral y la Ley de Dependencia antes de las intervenciones quirúrgicas. Estuve en shock casi seis meses. Fue muy difícil: me lavaban, algo para lo que jamás había necesitado ayuda. De repente, me veía desnudo y expuesto delante de un montón de personas. Lo que más me costó en esa etapa fue aprender a pedir ayuda, por mi orgullo y mi talante autosuficiente.
C.S.: A veces, la discapacidad afecta a cómo nos vemos a nosotros mismos. ¿De qué manera este servicio de psicología te ha ayudado a fortalecer tu autoestima y reconciliarte contigo mismo?
J.T.: Una de las cosas que hace Juan Francisco, el psicólogo, es ayudarme a encajar esos días complejos como algo normal dentro de un proceso de sanación de mis emociones y mi afectividad. Él lo plantea como una escalada por una montaña donde vamos ganando espacio, y así lo vivo yo. La terapia me ayudó en primer lugar a identificar mis emociones. Yo tenía una idea muy negativa de lo que sentía, y este espacio me enseñó a distinguir qué emociones y qué pensamientos eran bloqueantes y cuáles eran positivos para seguir adelante. Cada vez que venzo un miedo me siento más fuerte, es como si recuperase mi poder. Ya no me siento tan perdido y, en la medida en que quito miedos, empiezo a plantearme nuevas metas e ilusiones. Me gusta mucho ganarle partidas a la vida, lo necesito.

C.S.: Si pudieras poner frente a frente al Javier Torrado de antes de la terapia y al de hoy, ¿cómo describirías esa evolución de emociones?
J.T.: El cambio tiene que ver con salir de esa situación de duelo total. Antes, yo no veía salida a nada; estaba encerrado en mí mismo, en mi casa, a la que yo llamaba mi «platillo volante» porque no era capaz de abrir la puerta. Incluso, me daba vergüenza hacer algo tan básico como natación. Mi autoimagen se había distorsionado tanto que me daba vergüenza desnudarme y ponerme el bañador en público. Hoy, siento que salgo de una cárcel y que se van quitando bloqueos que me hacen sentir más libre. Le estoy ganando partidos a mi dependencia y recuperando mi dignidad personal. Me felicito por haber sido capaz de pedir ayuda, ser dócil, humilde y dejarme llevar por las instrucciones del psicólogo, sin mostrarme beligerante ni soberbio. Eso me ha ayudado incluso a recuperar mi orgullo y me ha devuelto mi dignidad personal.
C.S.: En psicología, se habla mucho de las «herramientas de afrontamiento». En tu caso particular, ¿qué aprendizaje o estrategia práctica te ha enseñado tu terapeuta ahora cuando tienes un día difícil?
J.T.: Estoy en un proceso de sanación de mis emociones, de mi afectividad. Juan Francisco lo plantea como una escalada por una montaña. Y así lo vivo. Paralelamente, mi pareja ha vivido un proceso psicológico también impactante. Él está muy cerca en ese acompañamiento y tampoco había recibido ningún tipo de atención. Juan Francisco le da espacio al cuidador, porque forma parte de mi proceso de sanación. En la medida en que yo voy ganando autonomía, mi pareja va perdiendo espacio como cuidador. Me siento capaz de abordar incluso esta sociabilidad que te comenté que había perdido, mi contacto con los amigos. Eso para mí es esencial.

C.S.: ¿Nos podrías contar una situación concreta de tu día a día (en casa, al hacer la compra, al gestionar un trámite) en la que hayas dicho: «Antes esto me habría hundido o bloqueado, ¿y hoy lo he resuelto de otra manera”?
J.T.: Tiene que ver mucho con mi vida cotidiana. Ahora voy al baño con su altura solo, por ejemplo. Es una de las cosas que primero abordamos, porque empezamos a construir la casa por los cimientos. Otra, es salir al exterior solo, que a mí me ha dado mucho miedo. No era tanto la fobia como la inseguridad de que me fuese a pasar algo y no tenía a nadie a quien pedirle ayuda. Pero esos miedos se van disipando. Estamos trabajando mucho el ir a hacer la compra, ir a la farmacia solo a pedir la medicación… Que vaya haciendo cosas progresivamente solo. Al principio he ido con mi pareja, después he ido con mi pareja pero distanciado, y ahora ya soy capaz de hacerlo solo. Ahí sí que hemos ganado muchísimo. Y esos logros se traducen en: “si he hecho esto, igual puedo irme al centro a comprarme ropa”. O cada vez soltarme más, ¿no?
C.S.: Javier, en cuanto al bienestar emocional, sabemos que impacta directamente en cómo nos relacionamos con el resto de la gente. Como persona con discapacidad, ¿cómo crees que ha cambiado la relación con las personas del entorno (amistades, familia, pareja) desde que usas este servicio de terapia emocional y psicológica en COCEMFE Sevilla?
J.T.: Aunque parezca una tontería, pasar de medir 1,70 a 1,20 metros cambió mi forma de percibir a las personas. Físicamente me sentía por debajo del resto de la gente, y eso se me quedó grabado emocionalmente; sentía que no estaba a la altura. Ahora, gracias al trabajo psicológico, me veo como una persona sentada, que es un matiz sutil pero muy distinto. He recuperado mi criterio para respetar mi propia opinión y mi sentir; ya no me siento como una cáscara de nuez en medio del mar, tengo opinión y criterio propios. Antes sentía muchísima vergüenza por mi incontinencia genitogurinaria; el hecho de tener que salir con pañales a comer fuera me resultaba violento. Ahora asumo eso como algo natural porque me he ido dando cuenta progresivamente de que es una cosa más y no tiene que modificar mi relación con los demás.
Y en cuanto a mi pareja, estamos creando un nuevo espacio de relación, de respeto mutuo y no invasivo.
C.S.: ¿Cómo es tu participación social ahora?
J.T: Constantemente mi terapeuta me hace propuestas. Le hace propuestas a mi cuidador de trabajo en grupo con otros cuidadores. Eso lo haremos. Pienso que es tan importante su soledad como la mía. Cuando me miraba en el espejo veía una cosa rara que yo no era. Y ahora he ido aceptando eso. A medida que he ido apropiándome de mi cuerpo, incluso he ido ganando solvencia social. Y ahora hablo con los demás, pero desde mi diferencia también. No tengo que ser igual a nadie. Eso me ha ayudado mucho. Con mis amigos es fácil. He tenido mucha suerte. Yo no sabía que tenía tantos buenos amigos y ha sido un descubrimiento bonito. De saber de quién puedo tirar, de quién no. Como me he movido en ambientes de teatro y culturales, noto que recupero esos espacios de opinión en los que lo que yo pensaba o lo que yo decía tiene un valor. Y ese valor se suma a mi autoestima.
C.S.: Mantener programas como el de ‘Atención psicológica y rehabilitadora’, financiado por la Consejería de Inclusión Social, es vital para muchas personas. Sabiendo lo que ha hecho por ti, ¿qué le dirías a otra persona con discapacidad que lo esté pasando mal en silencio y que tenga dudas o miedo de pedir ayuda psicológica?
J.T.: Yo creo que el primer paso es aceptar la propia fragilidad y, desde mi talante orgulloso y soberbio era muy difícil. Lo primero que le diría es: aprende a pedir ayuda. Mira tu teléfono y ve llamando a las puertas. El siguiente paso es aceptar de forma humilde que tienes limitaciones y que necesitas ayuda profesional porque te sientes muy perdido, y hay cosas que ni tú ni tu pareja podéis hacer solos. Es un ejercicio de humildad importante, pero enormemente sanador. Hay que ponerse en marcha. Para mí, el solo hecho de tener que levantarme, ducharme y vestirme para venir a las consultas de COCEMFE Sevilla ya es estrictamente terapéutico.

Desde COCEMFE Sevilla, nos alegra visibilizar este tipo de casos donde se demuestra una vez más que los apoyos institucionales adecuados generan inclusión con autodeterminación y autonomía en la población con discapacidad de Sevilla y su provincia.
Este servicio se realiza gracias al programa ‘Atención psicológica y rehabilitadora’, desarrollado por COCEMFE Sevilla y subvencionado por la Consejería de Inclusión Social, Juventud, Familias e Igualdad.


