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Relato por María Rosa Moya, mujer con discapacidad beneficiaria del proyecto Ready Women

20/07/2021

Olor a rosas  

La muchacha que olía a rosas ha quedado grabada en mi mente. Sólo la vi una vez, pero fue como un oasis agradable en medio de un trabajo aburrido.

Yo no estudié psicología para dedicarme a hacer encuestas laborales, pero hay que ganarse la vida y, a veces, hacemos cosas que no nos gustan.

Era un trabajo mal pagado y provisional para los grandes almacenes X que abrían una nueva tienda en Andalucía, concretamente en Sevilla, donde, por aquella fecha los centros comerciales crecían como champiñones a pesar de la crisis provocada por la pandemia.

Necesitaban personal altamente cualificado para la administración y allí estaba yo, escuchando a cientos de personas que habían entregado su currículum ávidas de ganarse la vida.

Es de reconocer que quedé sorprendida cuando la vi entrar. No esperaba a nadie en esa especie de carrito buscando empleo, una usuaria de silla de motor, así lo dijo ella.

Con todas las entrevistas que había realizado pensé que la de ella sería una más y que sus posibilidades de trabajo estaban al nivel del suelo. Sin embargo, tuve que decirle que se acercara y disimular mi sorpresa.

Una vez junto a la mesa de entrevistas, me di cuenta del agradable olor a rosas que desprendía, en aquel momento observé que no me había fijado para nada en su aspecto. Mis ojos se habían ido hacia su silla sin ver a la persona, y ahora aquel perfume a rosas me había hecho ver la elegante sencillez de la muchacha que tenía delante.

Estaba cansada de ver a candidatos trajeados como los antiguos vendedores de enciclopedias y candidatas maquilladas, que más bien parecía que iban a una boda que a buscar empleo en una oficina interior.

Sin embargo, aquella chica llevaba un sencillo blusón liso a juego con un pantalón estampado. Ropa ancha, sencilla y que parecía recién planchada.

Su rostro apenas era perceptible tras las gafas y la mascarilla, y su melena suelta y brillante no pudo menos que despertar cierta envidia en mí por su belleza. Pero, sobre todo, lo que más me llamó la atención de ella fue aquel agradable perfume a rosas que parecía desprender de su cuerpo. Reconozco que fue el detalle que me hizo descubrir que, además de una silla, había delante de mí una interesante persona.

En mis manos tenía el cuestionario, las preguntas que le había hecho a todo el mundo de forma monótona y sobre las que había hecho anotaciones. Aquellas anotaciones servirían para que otros decidieran si daban el puesto de trabajo o no. Yo no lo decidía, pero sí podía dejar escrito algo de forma clara y concreta cuando alguna persona destacara de una forma especial.

Le pregunté directamente, quise ir al grano con ella, tenía que explicarme por qué pensaba que era la persona idónea para ese trabajo. La muchacha del perfume de rosas me miró sin miedo y dijo que estaba perfectamente cualificada, ya que había estudiado dirección y gestión de empresas. Además, había hecho bastantes cursos porque le gustaba estar activa y con los conocimientos actualizados. Me dejó claro que estaba dispuesta a aprender todo lo que fuese necesario.

Le eché un vistazo a su currículum y vi que, como casi todo el mundo, ponía que sabía inglés. Realmente, el dominio de idiomas no era lo más importante para el trabajo que tenía que realizar, pero en esta sociedad el conocer inglés siempre es un punto a tu favor. Así que le pregunté qué nivel de inglés tenía. Me respondió que sabía pensar en este idioma. Eso me agradó porque con pocas palabras me había dicho que realmente lo tenía controlado, pero yo quería saberlo con más certeza. Así que decidí que el resto de la conversación iba a ser en inglés y así se lo hice saber. No pareció asustarse, hasta creo que sonrió, cosa que no puedo saber por culpa de las mascarillas que por aquel entonces me ocultaban el rostro de todos los candidatos.

Le pregunté también si dominaba más idiomas. Ella dijo que sólo el catalán, pero que no lo había puesto en el currículum porque pensaba que era algo poco útil en Sevilla. He de reconocer que tenía razón, pero lo apunté como algo a su favor ya que, cuantos más idiomas hables con más desenvoltura te encontrarás hablando con un grupo de gente. Es un efecto psicológico. Aquella muchacha empezó a interesarme cada vez más.

Recordé que teníamos que seleccionar, al menos, a un par de personas con discapacidad. Había que cumplir con el cupo que marca la ley. Yo había pensado en alguna persona con alguna pequeña discapacidad, pero ni por asomo se me había ocurrido que se presentara ante mí una muchacha en silla de ruedas de motor.

Otra pregunta obligada y en la que creo que la gente miente mucho es la de los hobbies. Asombrosamente, todos te dicen que son aficionados a leer, a la música, a la cultura en general y al deporte. Se nota que te dan respuestas preparadas de academia para quedar bien, así que nunca las valoro ni de forma positiva, ni de forma negativa.

Esta chica dijo directamente que leía mucho en sus ratos libres y que hacía crucigramas. Quise comprobar su veracidad, pues estaba empezando a sentir verdadera simpatía por aquella chica de olor a rosas que siempre dirigía a mi rostro su mirada. Sus ojos me decían que, al menos en apariencia, era sincera.

Le pregunté qué solía leer, y en eso sí me sorprendió. Me dijo que ensayo, novela y literatura infantil. Parece que la pregunta le gustó, ya que respondió como si se sintiese feliz de hablar del tema. Lo de la literatura infantil me resultó muy sorprendente y se lo hice saber. Con alegría me dijo que los libros que hay ahora para niños no son como los de antes, y que ella prefiere a las niñas que sueñan con la princesa vestida de papel, y no con Cenicienta o Blancanieves. Le di pie para que siguiera hablando, pero ella parecía dudar sobre si debía hacerlo o no. Finalmente, me preguntó si había leído ‘La princesa vestida con una bolsa de papel’. Después de hacerlo la noté arrepentida de haber preguntado. De hecho, pidió disculpas y me dijo que su principal defecto era que hablaba demasiado y no era ella la que tenía que hacer las preguntas. Aunque se arrepintió, su error me fue muy útil. Me había picado la curiosidad que una chica adulta se interese por la literatura infantil. No es algo frecuente, así que anoté el título. Le pregunté algún libro de ensayo que hubiese leído. No sé si realmente tenía intención de ponerla entre la espada y la pared o era la curiosidad por lo que leía aquella chica. ‘Minorías: historias de desigualdad y valentía’, me dijo. Tomé nota del libro. Lo dejé escrito en la entrevista, pero es de reconocer que también lo consulté más tarde y que me he leído ambos libros. Puede que mi forma de ver las cosas como mujer blanca y sin discapacidad, hayan cambiado un poquito después de la segunda lectura.

¿Podría aquella chica de olor a rosas realmente realizar el trabajo para el que se estaba presentando? Fui muy clara y le dije que veía sus manos lentas para manejar un ordenador. Pero no se acobardó ante eso. Me dijo que manejaba los ordenadores perfectamente, aunque era cierto que no con mucha velocidad, pero que con en el suyo trabaja mejor porque tiene un programa de apoyo. Comentó que sería interesante que, si le daban el trabajo, se instalase ese programa en el ordenador en el que ella tuviese que estar.

Hablamos de muchas cosas. Entre ellas, horarios, salario y disponibilidad ante cambios. Aquella chica no tenía miedo de hablar de sus limitaciones, pero realmente yo no estaba viendo nada que le impidiera realizar el trabajo para el cual se había presentado.

Cuando le pregunté no dudó en decirme que una jornada partida o una jornada por la tarde resulta mucho más dura para ella, ya que es demasiado tiempo sobre una silla. Pero la oferta era para un trabajo matutino. Las horas de la mañana eran las que la chica de olor a rosas consideraba que rendía más y mejor.

En el momento en el que le pregunté por su disponibilidad para trabajar fuera de Sevilla me di cuenta de que estaba haciendo demasiadas preguntas. Esas no correspondían al cuestionario para la plaza a la que se presentaba ella, pero no sé por qué extraña maldad parecía empeñarme en descubrir sus limitaciones.

Empecé a ver cómo se agobiaba un poco. Aquella muchacha vestida sencilla con aroma a rosas, y totalmente cualificada, podría no estar disponible para cambios de destino en el trabajo. Vi como tomaba aire y respondía con sinceridad. Me dijo que cambiar de localidad le llevaría un tiempo, ya que tendría que encontrar una vivienda adaptada a sus necesidades, y una persona que pudiera hacerle de asistente personal. Volví a notar el olor a rosas y algo hizo que me arrepintiera de esa pregunta. No tomé nota de la respuesta, ni siquiera era una pregunta del cuestionario, puesto que lo que se buscaba era una persona para trabajar en Sevilla capital.

También le pregunté si había venido con vehículo propio. Aquí su respuesta fue más rápida y más tranquila. Usaba el transporte público, que le permitía moverse por toda la ciudad y además es más ecológico que utilizar vehículo privado. Imaginé que no podía conducir, pero no se lo pregunté. Había llegado a la entrevista con total puntualidad, y eso es lo que le iba a importar a la empresa, llegase andando, en coche o en bicicleta. Hasta podría decir que podía haber llegado en globo o en helicóptero. A la dirección le daba absolutamente igual con tal de que fuese puntual.

La mujer de aroma a rosas parecía una candidata perfecta para el puesto: tenía los conocimientos necesarios, era educada en el trato, su aspecto era agradable y podría cumplir uno de los puestos reservados para personas con discapacidad. Pero, creo que ella sabía que había algo que no me convencía.

No sé cómo lo hizo, pero aprovechó algo que dije para decirme que en el mes de prueba podrían ver si de verdad su trabajo era lo que ellos deseaban.

Debí de acabar ahí la entrevista y hacer un informe positivo. Aquella chica de olor a rosas tenía razón, nada mejor que un periodo de prueba para saber cuál era su calidad como trabajadora.

Sin embargo, me faltaban por hacer las preguntas machistas que siempre metemos por medio. Así que le pregunté si tenía pareja y si tenía previsto tener hijos. Me dejó a cuadros. Respondió que estaba con una chica maravillosa, y que de momento no habían planificado su futuro hasta saber si iban a tener hijos o no, pero que su vida privada nada tenía que ver con su rendimiento en el trabajo.

La chica de aroma a rosas me acababa de dar otro bofetón psicológico. Descubrí que me había metido donde no debía, y que había hecho una pregunta que a cualquier otra persona le podía haber costado el puesto de trabajo por tanta sinceridad. Pero a mí me terminó de conquistar. Ahora estaba segura. Alguien tan valiente a la hora de responder merecía ser tenido en cuenta en cualquier empresa. Hice el mejor informe que pude. Nunca me dijeron si la contrataron, pero cada vez que huelo a rosas me acuerdo de aquella chica que no merece vivir en un mundo discapacitado.

 

Con proyectos como Ready Women, se ayuda a empoderar a mujeres con discapacidad y ofrecerles oportunidades de acceso al  empleo.

  

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